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ARMADOS EN EL PUERTO DE BUENOS AIRES

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Dick Keller nos sorprende con otro entretenido relato. Los cultores del paredón, del abanico o de la misma usina seguramente se verán identificados…

POR DICK KELLER

Es cierto, es como una llanura pero cubierta con un manto de agua cuya profundidad varía de lugar en lugar. Me imagino lo difícil que sería maniobrar los barcos en la época de los conquistadores y aún muchos años después, sin motores, a vela nomás, sin saber por dónde iban ni a qué profundidad estaban.

Pero volvamos a la realidad, el olor de este lado de la escollera era diferente, había olor a aceite, combustibles varios, se veían manchas multicolores enormes en el agua, había botellas de plástico, papeles, bolsas, cáscara de frutas, algún cadáver informe de algún gato o perro que había dejado este mundo y se mecía amablemente con la marea y el poco viento que soplaba. La contaminación con metales pesados y porquerías invisibles a los ojos era también evidente.

No alcanzaban los poetas para disfrazar eso como algo atractivo.

Había unos pescadores deportivos que usaban líneas de mano, se ve que estaban acostumbrados a ese sistema de pesca, tan válido como la dinamita que usaba Cocodrilo Dundee en New York. Había otros que usaban caña y reeles frontales, tiraban lejísimo, inútilmente. El pique estaba cerca. Encarnaban con queso.

Los de las líneas estaban desde la madrugada, según me dijeron. Estaban colorados como cangrejos, lo que corroboraba lo dicho. Tenían unos veinte armados alineados que ya estaban medio momificados por el sol que todavía se hacía sentir, ahí no hay sombra. Los tenían como mostrando qué buenos pescadores eran, la suerte que habían tenido o la habilidad para pescar tantos bichos.

La vista no era apetecible. El pescado de río, algo seco, a medio cocinar o pudrir, en un charco de moco, arqueado, la panza roja y pestilente, es rara vez atractivo.

Los pescadores estaban comiéndose el queso que había sobrado, unos salamines enormes que pelaban con las manos cubiertas de polvo y baba de pescado, se pasaban un envase de vino en cartón, una visión repugnante.

De todos modos, le pregunté a uno de ellos que iban a hacer con los pescados, por curiosidad nomás. Yo los habría tirado de vuelta al agua al momento de sacarlos.

-“Los vamos a hacer chupín, los vamos”-, me respondió.

Ante su respuesta, inquirí: -“No tiene miedo de comer estos pescados, mire que todo esto está contaminado?!-

Ante lo que me contestó con absoluta seguridad y algo de soberbia, como ilustrándome en temas gastronómicos básicos:

-“El fuego mata todo, papá!”-

Se ve que la contaminación y el tetra ya habían hecho su efecto.

readers comments
  1. J.L.B. on abril 10th, 2014 10:59

    Excelente Relato!!!. Ojalá llegue a muchos «Pescadores»




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