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IGLESIA, HACE PUNTA!

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Compartimos la experiencia de nuestro amigo y colaborador Ale Ferrín en una reciente salida de pesca a Mar del Plata…

POR ALEJANDRO MARIANO FERRÍN

Resultó una verdadera gestación. Debieron pasar nueve meses para que mis anzuelos volviesen a empaparse de salitre y propicien esas curvaturas que estrujan al corazón. Los prolegómenos de estos días soñados implicaron decisiones de qué llevar, poner a punto los equipos, cambiar nylons, repasar plomos, rehacer líneas, introducir en ellas inventos para evaluar… es decir, iniciar a distancia el fantástico proceso de la pesca.

En mis pescas marplatenses, tengo a Punta Iglesia institucionalizada como mi epicentro de pesca costera. Lo es por la cercanía con respecto a donde me alojo, por su ambivalencia en el ofrecimiento de una zona más proclive a la pesca de flote y un extremo neto de mar abierto y también, en agradecimiento a enseñarme los malabares necesarios que hacen a un pescador de escollera. Como todos los buenos romances, hay cimientos de conocimiento, confort y la alquimia de un sitio que plantea desafíos continuos.

En estos días, en buena parte del litoral marítimo bonaerense (desde el Partido de La Costa hasta General Pueyrredón) hay un factor común: la inusitada cantidad de pequeños bagres de mar, los cuales atacan vorazmente cualquier ofrecimiento suculento destinado a la variada mayor, en particular a las tan deportivas «corvinas rubias».

Siempre pesco en Punta Iglesia en la terminación del piso «alisado» y el inicio de las grandes piedras, a la vera de dos inscripciones cada vez más difusas que dicen «papá» y «mamá»; es aquí que hay una boca natural con pocas piedras, por donde es más sencillo trabajar la línea e izar a las piezas importantes, minimizando el peligro de accidentes. Allí, en un milimétrico espacio hecho a medida por la corrosión, el posacaña encuentra su lugar en el mundo, para que la vara duerma su siesta triunfal antes que el carretel grite a estrella floja y voz urgente.

Junto a mi amigo Benjamín Trani, que ya estaba parando en la zona de acantilados, obtuvimos una gran cantidad de corvinas rubias, minibagres, algún brotolón y pequeñas rayas, utilizando líneas baitclip de 0,80 mm (evita el impacto de la memoria del nylon) con brazoladas rastreras boyadas (le da cierto despegue en un movimiento natural a la brazolada) y también, las más sencillas al alcance de cualquier apuro o escasez, con un esmerillón con mosquetón distal a la salida del reel, del cual parte una brazolada larga de un metro, de 0,60 mm, anzuelo tamaño 5/0 y plomo rebatible de 140 gramos (la correntada así lo exigió). Las carnadas más rendidoras, en orden decreciente, fueron el langostino pelado – anchoíta y camarón – camarón solo. Siempre hay que atar la carnada con el clásico hilo de goma y jamás tapar todo el anzuelo, dejando el cuarto final de la punta, absolutamente libre.

La pesca nocturna mejora sustancialmente las posibilidades de las capturas, y si bien hasta las 3 de la mañana el famoso cartel luminoso del Club de Pesca Mar del Plata ofrece cierta iluminación en destellos bastante incómodos, es necesario contar con alguna linterna de minero y colocarle a las punteras las luces químicas para distinguirlas adecuadamente. No recomiendo permanecer en soledad en el lugar por la noche y/o de madrugada, ya que no hay presencia policial de ningún tipo y transitamos tiempos complejos que pueden desdibujar el placer de la pesca deportiva.

Cabe destacar que hay un pequeño puesto de venta de artículos básicos de pesca y carnadas en la puerta del lugar, funcionando de 8 a 18 hs, el cual tiene buenos precios, buena calidad y realmente, puede sacar al pescador de algún imprevisto.

Concluyendo, no hace falta ser religioso para profesar algún tipo de fe; creer fervientemente que la caña inmóvil va a deparar alguna pieza de excepción, es tener más que una Iglesia en esa Punta.

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