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EL HOMBRE DEL BALDE

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Un nuevo relato de Dick Keller enriquece a nuestra sección «Pesca en letras». Invitamos a los lectores de Pescadores en la Red a disfrutarlo…

POR DICK KELLER

En los ’60 yo iba a pescar a la Escollera Norte casi todos los días. A veces iba a Playa Chica, a la Escollera Sur, a Camet, a las playas que están más allá del faro, o donde pintara mejor. Dependía del viento, del estado del mar, de mi gallito que cambiaba de color, y de las ganas que yo tuviera de ir a algún lugar en particular.

Me hacía unos sánguches de tomate y lo que hubiera. Llevaba una cantimplora de telgopor con agua o café, según la época, y mi gorro de Capitán Piluso. Metía todo eso en mi mochila verde de lona, la había cortado y cosido a mano yo mismo. Así me había salido. Pero… a mí me servía. En esa época eran caras, al menos para mí. He hecho muchas cosas en mi vida que a lo mejor no me salieron perfectas, pero nunca me importó. Me encanta ver el resultado de mis elucubraciones, soy un incurable creador de pelotudeces.

Para llegar a la Norte tomaba el 511 cerca de la Terminal, después de un rato me bajaba en Playa Grande y bajaba la loma hasta la entrada. A veces compraba la carnada a la vuelta de mi casa y a veces en la Norte misma, en la punta, se la compraba a un tal Alonso, estaba requetequemado por el sol, allí vivía en un camión sin ruedas.

Cuando le preguntaba por el pique, siempre decía que la noche anterior o a la mañana, según fuera el caso, habían sacado de todo. Sería parte de su marketing, supongo.

Alonso cobraba según la cara. Éste método que siempre me molestó sobremanera porque si uno tiene cara de rico y distinguido pero es una rata en la vida real y el comerciante hace un escaneo erróneo, lo mata. Es imposible regatear el precio de la carnada, si vas a pata, en la punta de la Norte y sin mayores opciones a la vista salvo afanarle algún camarón a un pescador distraído.

Cuando llevaba carnada, paraba en la mitad de la escollera y listo. Los que pescaban en la mitad eran como una raza diferente de pescadores. Algunos iban a practicar para los concursos. Se les notaba por el equipo que tenían, cañitas medio livianas, un Penn chico y cara de saber lo que hacían.

Otros, iban hasta la punta pero como no podían estacionar volvían hasta la mitad y estrenaban un equipo nuevo con poca o ninguna experiencia, también se notaba. También estaban los que como yo, preferían ese lugar con menor densidad de pescadores y la posibilidad de pescar más tranquilos.

Ente los habitués estaba un hombre eslavo de más de setenta y cinco años, cara y cogote colorados, aspecto de «Europa al fondo» tenía gorra y pañuelo al cuello y venía en bicicleta. Claramente, un jubilado local que suplementaba su magro haber con lo que pescaba. Siempre saludaba muy amablemente, pescaba a mano, con una línea de dos anzuelos.

A poco de encarnar su línea, caía en un estado casi cataléptico. No contestaba las preguntas de los ocasionales curiosos respecto del pique, sencillamente no hablaba más. Lanzaba ahí nomás, diez metros, entre dos bloques donde se ubicaba con su escueto equipo, un balde donde guardaba su línea, unas anchoítas, plomadas y anzuelos de repuesto, un trapo, un cuchillo y nada más.

Desenvolvía su línea de un pedazo de madera dura con dos muescas y, con dulzura, les pinchaba un par de anchoítas a cada uno de sus dos anzuelos marrones garra de águila. No las ataba, las unía en forma tan natural al anzuelo que parecía que se iban a ir nadando. Nada de hilo para atarlas ni esas cosas que son necesarias cuando uno lanza a grandes distancias. El viejo se incorporaba y agachadito nomás, le entregaba su línea al mar, sin ningún escándalo, apenas un «plaf» y listo. Dejaba caer el plomo al fondo y se sentaba nuevamente.

Se concentraba en su línea de una manera casi patológica, acariciaba y tanteaba su línea como si fuera un neurocirujano. Había ocasiones en las que se quedaba quince o veinte minutos y se iba. Se despedía y decía: -“No hay pique”.-
Efectivamente, ese día nadie sacaba nada, ni siquiera una estrella de mar.
Don Belenda, así se llamaba, era como un Horangel de la pesca, si estaba el viejo, algo se podía pescar, si no, iba a ser imposible sacar algo. Creo que pensaba como un pescado.

Se sentaba y antes de sacar la línea anunciaba lo que venía prendido en ella. Dado el equipo, anzuelo grande y carnada acorde, no había muchas variantes, podía ser una corvina, un cangrejo, una palometa, un gatuso, un mero, un sargo, una raya o una brótola, y paremos de contar. Lo difícil de adivinar era cuando hacía doblete. Podía predecir cualquiera de las combinaciones simultáneas de los peces mencionados.

Decía que:
«un gatuso era: tiki, tiki, tiki, tiki, una corvina era bum, bum, bum, bum, cabezazos grandes, una raya era tiki, tiki, tiki, pero difícil de levantar por su superficie plana grande, una palometa era tiki, taka, tiki, taka, y se desplazaba de lado a lado, un cangrejo era tiiiiki, tiiiiiki, tiiiiki, peso muerto», y así.

Cuando había pique, el viejo sacaba muchísimo más y en menos tiempo que cualquiera de los otros pescadores, era increíble. Una vez sacó tres peces sable que no le cabían en el balde. Generalmente sacaba tres corvinas grandes y se iba. No llevaba más que eso.

Sacaba su cuchillo y el resto de sus cosas del balde, descamaba la pesca del día, echaba las sobras al mar, sacaba agua y se enjuagaba las manos. Después enrollaba su línea, metía todo en el balde, tomaba su móvil y se iba hasta el día siguiente.

Era entonces cuando le robábamos el lugar de pesca para tratar de emularlo. Era difícil, la línea de mano no era igual que la caña para sentir lo que pasaba allá abajo. Además Don Belenda era Don Belenda, no había caso.

Fue uno de mis maestros sin saberlo. Aprendí mucho y él nunca lo supo.

Vivan los Don Belendas de antaño, pescadores de leyenda!

readers comments
  1. Eladio on noviembre 26th, 2015 11:07

    Así era don Manuel Sierra, un personaje casi mitológico del Paraná Miní y el Tuyuparé, lugar comúnmente conocido como Chaná-Miní.




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