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MAGIA DE ALETAS

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Por Alejandro Ferrin

 

Ese mar era muy parecido al café con leche que mi mamá preparaba en las meriendas. El color también decía marrón, aunque en este caso, las burbujas de sal lo eran de azúcar y leche. Cuando agarraba la cuchara, una vez ubicada desde el borde de la taza, podía deslizarla al ras hacia la punta opuesta para que las olas se lleven la espuma a la costa de porcelana. Para nosotros, ver un mar marrón puede no decirnos nada de lo que esperamos. No nos es posible reconocer qué pasa allí abajo. No sabemos si las almejas les sacan la lengua al fondo para enarenarse en él o porque son graciosas burlonas; desconocemos si el cangrejo saluda a la raya, cada vez que se cruzan en la fila de un mercado de coral; ignoramos si las aguas vivas pican por diversión o lo hacen por torpeza, queriendo decir algo en un idioma perdido que ya nadie habla. El color marrón nos encierra muchos secretos y también es la defensa que tiene la vida bajo el agua, para que El Hombre no pueda llevar a cabo muchas de sus malicias.

En ciertos mares del mundo, sus habitantes y sus nombres propios debían rimar. Así lo había dispuesto hace miles de años Omar, el Dios del Mar. Ese mar café con leche no era la excepción: algunas de las sardinas más conocidas eran Romina, Martina, Irina y Carolina. En octubre solían volver de sus largas vacaciones las corvinas. El viaje de regreso les abría el apetito de una manera irritante; comían casi todo lo que se encontraba a su paso. En esos cardúmenes, para algunos eran tiempos de preguntas y sentimientos encontrados. “Sabrina la corvina” lloraba. No entendía por qué todo el mundo estaba en su contra y eso la angustiaba mucho más. Los peces, a diferencia nuestra, lloran aire. Por ello, cuando en el fondo del mar se ve una nube de burbujas que pelean por subir a la superficie significa que un cuerpito doblado de escamas se encuentra muy triste, arrepentido, o tal vez, recordando un pasado más feliz.

Sabrina a pesar de su pequeñez era una voraz observadora de la vida marina. Así veía cómo los mejores peces, aquellos grandes, veloces y hábiles, perseguían las carnadas que aparecían en el agua para cuidadosamente recortarlas en sus bocas y quedarse con ellas. Una sola vez había visto algo que la extrañó, hasta el punto de no entender qué sucedía. El pez rojizo llegó a la carnada y sin ninguna delicadeza abrió su boca para calmar todo el hambre que venía nadando con él. Allí, detrás de su almuerzo, algo así como un hilo se tensó y se produjo un tironeo que lo obligó a subir en contra de su propia voluntad, hacia donde el agua se hacía más clara, en la parte que su mamá siempre le prohibió nadar. Fue la última vez que supo algo de “Hugo el besugo”.

Llegó el día en que una marea le trajo el valor necesario para recortar esos bocadillos instantáneos que caían de la nada, constantemente, a cualquier hora. Entre todas las que se ofrecían, se decidió por probar al camarón, lo que siempre sugería cuando le preguntaban qué era lo que más le gustaba. Se acercó sin hacer demasiada corriente alrededor de la línea. Se paró frente al anzuelo y tanteó su bocado. Había comenzado a desgarrarlo despacito cuando un pinchazo le sacudió los pensamientos. De repente y sin saber por qué, una fuerza desconocida la llevaba hacia donde ella intuía que su mamá se iba a enojar mucho. El susto al reto y a lo desconocido se mezclaron para hacerla sentir muy mal. Lloró desconsoladamente en el camino ascendente y siguió con sus lágrimas en un nuevo mundo, todo celeste, irrespirable, con animales que no conocía, los que estaban vestidos y portando largas cañas.

Descubrió mirando de costado, en los baldes de la gente a muchos vecinos y amigos ya inmóviles, cansados, en una siesta apilada. Comenzó a sentir que su llanto no tenía el valor de entonces. Su aire más profundo, su grito desesperado no se notaba en ese extraño mundo de otro aire; todo eran lágrimas, pero las suyas no podían darse a conocer. Mientras le aplacaban el dolor en su boca, vivió el peor desconsuelo de llorar para adentro. No sabía qué pasaría en lo inmediato. La colocaron bajo el agua, sujetándola por el cuerpo y la hamacaron hacia atrás y adelante. Los músculos comenzaron a responderle nueva y lentamente, reconociendo al líquido como su fuente de vida. Su primer coletazo instintivo fue el gesto que el pescador comprendió para dejarla ir. Nadó con la furia del desencanto, en ese momento entendió y valoró el riesgo que tomaban los mejores peces para alimentar al grupo y también nutrirse ellos. Se quedó con la sensación que el mundo consejero, explicativo e informante no estaba contra ella, sino con ella. Quiso llegar a su piedra para refugiarse de las imágenes de ahogo vividas.

Dobló en la Avenida Arrecife y alcanzó a ver un par de aletas conocidas. Sin dudas era su abuelo “Ramón el corvinón”. Volvió a nadar con más furia, no existía el alrededor. Sólo quiso “aletarse” con él, lo que supo ser un abrazo sin el nudo de los brazos, pero con la magia de las aletas.

 

Pesca en letras es una Sección en la cual compartiremos relatos, ensayos y cuentos realizados por lectores e integrantes del equipo de Pescadores en la Red. Lo invitamos a leer los escritos, y a participar. Si desea enviarnos algún trabajo, puede hacerlo vía mail a [email protected]
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