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CARBÓN – DIAMANTE

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Por Alejandro Ferrin

 

Los vientos del noreste llevan consigo oscuras sales del bloom algal. El mediomundo yace inmóvil, pidiendo en el grito de la rompiente ser el continente del inquilinato de la nueva marea. Repentinamente, una fractura del sodio se eleva en astro de escamas para, acto inmediato, sumergirse en las profundidades de aguas sanas, capaces de la natación deliberada.

Salvando distancias geográficas y temporales, las lisas que hoy se niegan a mis artes son astillas de la misma madera creativa de aquellos albures impertinentes que se mofaban de las redes dispuestas en el fúngico Sena, doscientos setenta y cuatro años atrás. Sin embargo, no todas las saetas con agallas han podido revertir los imperativos de los oráculos. La pesca que solía venderse en la Rue Aux Fers era apestosamente abundante.

Por aquel entonces, las tareas de desenmalle y limpieza de las piezas les era asignada a las personas que más lástima sabían merecer, aunque era muy común ver a niños y mujeres haciendo esas labores, con el automatismo y la cadencia de un sufrimiento odoríferamente eterno. Un número más era la madre de Grenouille. Su piel con pliegues blancos, definidísimos y tortuosos constituía la impronta que le dejaba la intimidad con las vejadas aguas del río. Todo el día respiraba entrañas y sebo, el aire puro la mareaba, no estaba lista para tragar semejante dosis de libertad. Tenía entre los pelos de las piernas islotes púrpuras diversos y la cintura que rechinaba a pesar de sus veinticinco años, hacía de bisagra para repetir el gesto de reverencia a la mezquindad.

De ese modo pasaba el día reclinada, sacándose las sanguijuelas que querían llevarse lo único que tenía para ofrecerle al mundo: su sangre y, con ella, su insulsa utilidad. Casi que su embarazo de seis largos meses pasaba desapercibido. Apenas se la veía levemente hinchada, lo cual era común para quienes las proteínas de calidad les eran casi inexistentes. Habrá sido su belleza agónica lo que cautivó a Deschamps, quien se encontraba recorriendo la feria en clave de esparcimiento. Olivier Nazaire Deschamps era un viajante de tiempo completo y el transparente ejemplo de la nueva casta noble de la Francia del siglo dieciocho. Su dedicación al comercio de especias y telas lo erigían en un hombre distinguido, con una riqueza en activa expansión. No ha de extrañar los mundos paralelos y disímiles de sus negocios; era un maestro del riesgo diversificado.

Los cráteres en los que caían sus telas se llenaban de la gracia de las especias y cuando éstas derrapaban en el mercado, las nuevas tendencias de la moda parisina hacían florecer su economía. Su elocuencia discursiva transgredía las cercas de su avidez comercial, quizás producto de una curiosidad intelectual que lo llevaba a beber de a sorbos y a la luz de su escritorio, los ensayos franceses que explayaban su doctrina conservadora. Como cultor de la gloire y la grander, poseía una suntuosa casa en las afueras de Laid-Senssé, la cual constiuía una evocación al refinamiento y la admiración hacia las artes. También había llegado a utilizar las vinculaciones de su cotidiano para proveer a algunos artistas de tallables minerales, finos cueros, dúctiles metales y hasta extrañísimos pigmentos que cambiaban su apariencia según el ángulo de observación.

Se acercó con asco hacia ella, espantándose los enjambres de moscas excitadas que copulaban arropadas por las vísceras. Aceptó el hastío nauseabundo de esos breves pasos lodosos, invasivos, infectos, como quien sabe que se entrega en sacrificio de un beneficio mucho más totalizador. No vio su sífilis ni su gota, sino que su visión estaba concentrada en recuperar la cucharada de azúcar disuelto en ese potaje maloliente de la promiscua condición animal del ser humano. Ella no le aportaba nada al fétido caldo inmundo del puesto. En sus ojos se veía que, con trabajo y cierto tiempo, podía no sólo endulzar, sino hacer el te más digno de un sofisticado mercader francés. Metáforas a un lado, ese mismo día la llevó a su casa para formar parte del cuerpo de servidumbre.

Cuando llegó a la Mansión Deschamps, sintió el mareo del aire libre y la corrupción de notas de pino; una densa mano verde la recorrió sin tapujos, sin omisiones y con las pesadeces inherentes a quien sabe cómo perturbar en goce. Deliberadamente no estaba lista para tragar tanta libertad. Sus ropas se deshacían del hedor y Claire, la ama de llaves, la arrastró hacia la tina, en una maniobra con nariz fruncida e improperios de incomprensión. Allí tuvo su primer baño decente. La misma Claire, escaleras abajo y entre gruesas velas inconsumibles, la condujo a su habitación. Allí el soplo y el humo lateral bajaron el telón, la ama de llaves se retiró entre tinieblas. La madre de Grenouille se sentía asfixiada y atrapada en la mullida paja de la cama. Sabía acurrucarse en la tierra y que el sueño de la podredumbre la invada, pero sin olores fétidos no podía llamar al descanso, no había vehículo de comunicación, como un perro que es llevado a kilómetros de sus frecuencias: giraba en redondo, sin separar el hocico del suelo, observa, elevaba el olfato a su cruz y no interpretaba esa hemorragia cardinal. Así ella permanecía en la noche; tensa y con los ojos abiertos, como si las sombras le podrían hacer menos daño. Oyó unos pasos descendentes, erráticos, propios de una incertidumbre que recrudecía peldaño a peldaño. Los sonidos se acercaban en la más salvaje oscuridad. Era Deschamps, dispuesto a recibir las gracias de su encomiable gesto. Ella se encotraba sentada al pie de su cama, frente a la puerta, rígidamente temblorosa. Sin mediar diálogos, él acarició sus pocos cabellos y deslizó sus manos a través de su malar porcelana y sin detenerse prosiguió a estirar con el pulgar el labio inferior de su boca. Lo inquietó que no oponga resistencia y fue por más. Comenzó a besarla, los aceites esenciales habían vuelto su estirpe de arenque a la gracia sofisticada de la jojoba. Deschamps en ese momento perdió el objetivo de su tarea. Las lenguas se descubrieron, se anudaron y se dejaron permisos de explotación. En su travesía más patagónica, descubrió la presencia de Jean Baptiste, a quien no percibió como un polipéptido faltante. Estuvo a punto de estallar de ira, pero la dulzura de la joven preñada permitió que la muda escena siga rodándose en los hamaques de la cama.

A la mañana siguiente, sin sentirse parcializado, ordenó que se la vistiese con las mismas ropas pestilentes y que la regresaran a la Rue Aux Fers. No le servía una amante embarazada de vaya a saber quién, a la cual creía dedicar su proyecto más ambicioso, la mujer esculpida a su entero placer para ser así vista ante propios y ajenos.

Miro a ese pescador destripando su lisa en la pileta del muelle, no sólo me revela la inexperiencia de quien no sabe incurrir en un aséptico fileteado, sino también cuántos carbones se quedan en las puertas de ser diamantes.

 

Pesca en letras es una Sección en la cual compartiremos relatos, ensayos y cuentos realizados por lectores e integrantes del equipo de Pescadores en la Red. Lo invitamos a leer los escritos, y a participar. Si desea enviarnos algún trabajo, puede hacerlo vía mail a [email protected]
readers comments
  1. Darío on septiembre 25th, 2012 20:47

    La pluma inconfundible de Alejandro, bueno ahora se viene el libro de ensayos.




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